Lima, viernes por la tarde

No sabes donde estoy… Pero cuando vengas, te voy a llevar.

Estoy comiéndome un bocata que vas a flipar cuando lo pruebes. Lleva sarsa criolla… ¿a que tampoco sabes lo que es? Pues también lo sabrás. Hoy te dejo con la duda… Que me gusta.

Tengo delante de mí a un grupo de limeñas jóvenes, que me recuerdan mucho al grupo de amigas cuando éramos adolescentes. Sí, como cuando nos poníamos los tacones, las minifaldas, los aros… Cuando éramos el grupo de las pijas (y… por qué negarlo, un poco chonis, jajaja) y nuestra vida era ir al instituto entre semana y arrasar el viernes y el sábado yendo por ahí a celebrar eso, que era fin de semana, con toda la frescura y el albedrío del mundo (¿pues no tengo ahora nostalgia de aquella sensación, que en aquel entonces me traía de cabeza? ¿Te acuerdas?).

Serán una siete u ocho. Sentadas a lo largo de la mesa, no paran de hablar, de contarse cosas y de expresar emociones con la cara, las manos y los gestos. Excepto una. Hay una callada, que casi no habla. Está ahí, formando parte del grupo, pero como si no le interesara nada de lo que las habladoras de sus amigas están contando. Sonríe para ella, y está físicamente. Parece que conozco la sensación. Es la única que lleva zapatillas, y no ha cuidado mucho su peinado. Si yo fuera un chico, creo que sería la que más me llamaría la atención, porque es la que menos muestra cómo es. La que me provoca más ganas de saber qué tiene detrás. Qué curioso, ¿no?

Fíjate; lo mejor es que es como un espejo. Me estoy comiendo el sánguche -bocata en español de España- sola, sentada en la terraza tranquilamente, sin hablar y sin que nadie me interrumpa. Lento, y en mi pompa. Ajena a lo que me rodea, consiguiendo abstraerme como si realmente ese fuese un placer de la vida.

Hay también un grupo de señores mayores que vienen a este callejón a jugar al ajedrez. Es típico encontrártelos en los bancos; ahí, sentados en hilera ante las mesas de piedra, concentrados en su juego, como auténticos niños.

Y también me he cruzado con gringos que han venido a conocer Perú y que van a comer a sitios tan turísticos que se pierden (porque la guía del Lonely Planet es lo que tiene) el país más castizo que trataré de que tú sí veas. Lo más parecido a como lo siento yo.

¿Quieres Andes? ¿Quieres selva? ¿Costa, desierto?

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Cerro de San Cristóbal, donde la capital peruana te impresionará.

Te espero por Lima.

M.

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