PAÍS

Querida España:

¿Y si te dijera que no te echo de menos? ¿Y si te dijera que me preguntan de dónde soy, y te nombro a falta de una palabra que lo defina?

¿Y si te dijera que, cuando pienso en regresar, no me terminas de apetecer? 

No sé qué pasaría si te dijera esto.

Lo llaman desarraigo. Lo llaman desapego. Lo pueden llamar de mil maneras. Lo cierto es que se siente de una forma que desconocía, y no puede expresarse ni en los mil idiomas que existan. Se adentra en la piel y la curte.

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Salir de tapas. Irse de cañas. Que el bar cierre contigo dentro. Linares, España.

Pienso en tus tapas, en tus fiestas regionales y en mis ferias patronales; pienso en tu clima saludable, en tus paisajes limpios y cuidados. En mis costumbres sureñas y en tus peculiaridades norteñas, en tu capital eternamente acogedora y con sitio para todos, en tu vanguardia catalana independiente, en tus playas e islas mediterráneas y en tus bellezas atlánticas, sin olvidar los vientos canarios… Verdaderamente añoro el jamón serrano, el gintonic, las cañas del viernes por la noche y volver a casa tranquila sin desconfiar de cada coche que pasa por mi lado. También extraño la confianza con que se desenvuelve tu gente, sin sospechar sistemáticamente que le quieran engañar. La nobleza y la honestidad de los vecinos septentrionales que no desperdician palabras, hablando con acciones. La gracia salerosa de los meridionales pueblos andaluces y el espíritu de disfrute de las cosas buenas de la vida que les mueve.

Pienso en todo esto, y, entonces, aparece.

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Esquina del centro de Lima, Perú.

Aparece el caos. Aparece el ají del Metro o el aderezo casero que acabo de aprender a hacer para acompañar con chifles piuranos. La ciudad señorial desordenada que me empujó a volver a montar en una bicicleta. Aparece el malecón sobre el acantilado y las puestas de sol. Me vienen a la cabeza escenas de combis (coaster, microbús, colectivos, vans… y lo que falte por nombrar), de siestas espontáneas, de taxistas que no limpian sus carros ni una vez al año pero que están deseando contarme su vida, de mercados de barrio donde no se pide la vez y de organismos públicos y estatales de una de las capitales más movidas del mundo y con uno de los peores tráficos del planeta (según dicen por ahí, aunque creo que se pueden encontrar más sorprendentes, después de haber estado en La Paz).

Aparece el contraste de clases, aparecen los estatus sociales y aparecen los clichés que tú tenías hace cincuenta años, cuando tus abuelas criaban a mis padres y los abuelos traían el pan a casa. También aparecen las uñas negras y los niños jugando en la calle, bañándose en los ríos y cazando bichos; las familias en las que no hay hijos únicos y las madres solteras que ya no encuentran marido.

Aparecen las chelas y los patas, el combinado de cebiche con chicharrón y crema tártara, la marinera, el festejo; aparece Gamarra con sus galerías infinitas, el centro de Lima con el aroma europeo y el tinte español de la conquista de Pizarro con las fachadas sucias. La música criolla, la serrana, la cumbia, la salsa. La vía expresa que nadie quería y que ahora pide a gritos un metro subterráneo que le descargue un poco de trabajo. Si vieras las bodeguitas, los puestos de quinua y maca para desayunar; si vieras el regateo y experimentaras la sensación inequívoca de que “lo imposible, es posible en Perú”… Sumergirte en las provincias es una de las cosas que no puedes dejar de hacer. Ojalá, España de mis raíces, pudieras venir a (re)conocer las raíces de Perú. Ojalá todos tus habitantes pudieran viajar y ver con sus propios ojos y tocar con sus propias manos lo que hay aquí.

¿Sabes? Me maravillo al ver que, en las miradas de la gente sencilla, me reencuentro con la bondad que tú también albergas en aquellos que más contacto con la naturaleza mantienen. 

Me he prendado de la ceja de selva, del desierto; me he enamorado de los Andes, de la Amazonía, de las orillas del Pacífico. Pero me he quedado asombrada cuando he podido comprender el comportamiento de la gente. Porque, por fin, alcanzo a entender muchas cosas del país (y me atrevo a decir que del subcontinente del que forma parte) a través de él.

Y, a pesar de todo, pienso en ti, como si tuvieras algo mío. Como si tuviera yo algo tuyo. Como si cada día tú y yo nos debiéramos algo. Y mira que no es lealtad. Que no es ceguera, ni veneración. Te respeto, te valoro, y… ¿te quiero? También. Y añoro a quienes mantienes, algo apretados algunos y más felices otros, en tus tierras, porque también ellos son parte de mí.

Querida España. Quizá no sepas entender lo que te quiero decir. Quizá no pueda o quiera ser más explícita, y prefiera dejarlo en suspensión. Estoy con quien todavía te llama “madre patria”, con su viveza y su picardía.

No sé qué pasa ahora que te digo esto. Que no hay país; que no lo veo por ninguna parte.

Lo llaman desarraigo. Lo llaman desapego. Lo pueden llamar de mil maneras. Lo cierto es que se siente de una forma que desconocía.

Nos vemos pronto, y te cuento más cosas.

PD: te llevaré orégano de Bolivia y alfajores de Arequipa. Para que pruebes tú también. Te van a encantar. Y vas a querer venir… 🙂

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Amanecer en la Ciudadela de Machu Picchu desde HuaynaPicchu, Cusco, Perú.

 M.

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2 comentarios en “PAÍS

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